preocupaciones.

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Los sábados en la mañana siempre eran de Carolina.
Sagradamente se levantaba a las nueve sin importar el sueño, iba a la pieza, la despertaba, la llevaba al baño para que se duchara, iba a la cocina, le preparaba el desayuno mientras ella se alistaba y entonces ella bajaba y se tomaban un jugo de naranja con dos tostadas con palta.

Cuando estaban a mas o menos 50 metros del parque entonces Carolina corría hacia los juegos un poco desesperadamente. Era en ese momento en que sentía la culpabilidad de madre ausente, seguida por la racionalización que le indicaba que si no trabajara tanto como lo hacía no podrían llevar la vida que llevaban y ella sería profundamente infeliz, lo que redundaría en los mammy issues a futuro de su hija. Sabía que Carolina probablemente tendría que ir a un sicólogo cuando fuera más grande, la meta era que no tuviese que ir a un psiquiatra.

Entonces, Carolina corría a los juegos, ella pensaba todo lo que pensaba y luego casi sonreía al verla parecer tan libre, sensación que tenía sólo al ver a niños corriendo. Caminaba más pausadamente e iba hacia el banco azul oscuro que se encontraba a la distancia perfecta para no perder de vista a la niña y para no estar tan cerca y cohibirla.

Todos los sábados a las 10.05 minutos se sentaba, abría la cartera, sacaba un cigarro y lo fumaba despacio.

Después, leía un libro, sin disfrutarlo realmente.

Al menos una vez al mes pensaba en lo bonito que era, a pesar de todo, tener un hijo.

Y al menos una vez al día no podía evitar sentir la desesperación de salir corriendo de ese parque, de esa banca, de las 10.05, del jugo de naranja, de las tostadas con palta, de los sábados a las nueve y sobre todo, de Carolina.


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