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Yo, Tú, Ella (part. II)

Que dolor cada vez que sé que aquí el te quiero sólo lo digo yo, que dolor cada vez que las ausencias no me dejan más evidencia que el olor de ella en tu ropa, tus manos mías, tu todo y más. Que dolor, que no soporto, que me diluye en agua impura, de la misma que te asqueaste. Que dolor arrastrarme en cada paso tuyo, en cada palabra tuya, que dolor todo y tú, ahí, enfrente, sonriéndome, como si el tiempo de nosotros nunca hubiese existido. El dolor que llevo equivale a mi historia unilateral, a mi personaje secundario cargado en el alma con cada beso protagónico que ella te dio, con cada encuentro perfecto en el que yo no estuve allí.


Que dolor. Esta historia nunca fue mía.

Ella y Manuel.

Yo a veces creía que te quería, por la forma en que me daban escalofríos cuando tu mano me tocaba tantas partes siempre ocultas. Yo a veces creía que te quería por la forma en que nos entendíamos dando vueltas, siempre rodando en la cama gigante, interminable, en la oscuridad de cualquier pieza, en el frío de todo suelo. Yo juraba que te quería cuando me tocaba de noche y pensaba en tí. Y que conste que pensaba en tí todas las noches.

Perdóname, yo sé que tú si me querías. A pesar de ella siempre a tu lado, a pesar de los te amo proclamados. No podías evitar mirarme todos los segundos. No podías evitar acostarte conmigo y comenzarlo todo de nuevo, siempre el movimiento a lo largo de mi cintura, mis piernas, mi entrepierna. Manuel, querido, siempre me amaste y yo nunca te amé.

Perdóname. Perdóname la calentura.

Trombosis

De manera que las palabras, las letras, mi lengua, mis pasos, mis ganas, todo se me traba. En la garganta, en la piel, entre mis dedos que siempre son cortos y vacíos para sostenerlo todo, incluso a mi misma y a mi vida.
Incluso a ti.


(sin fecha)

Calle.

La calle Hiroshima siempre fue triste, y fue ese mismo aire a tragedia la que la llevó a vivir allí. En las mañanas nadie se levantaba temprano, quizá porque todos en esa calle se encontraban demasiado cansados y en la tarde siempre se podían escuchar canciones tristes desde todas las ventanas. Ella cooperaba con música de películas aún más tristes que todos ellos y lloraba mientras miraba por la ventana, lloraba mientras lavaba la loza y refregaba mucho los platos, sin importarle que después las manos le quedaran secas y feas. Sus manos, de cualquier forma, secas o con crema, nunca le iban a gustar.

La calle donde vivía se llamaba Hiroshima. Y en ella olía un poco a desastre nuclear, a niños deformes y madres calvas de cáncer y agotamiento. En ella olía profundamente a desamparo y se habían suicidado trece personas. Allí, algún día, ella dejaría de darle vueltas al mundo y se tomaría trece pastillas y una botella de Gin porque el Gin era triste, triste igual que ella. Y cuando su estómago ácido, se llenara de sopor y de embriaguez para siempre, ella se quedaría dormida, junto al teléfono, intentando llamar -tarde- a alguien que supiera como devolverle las ganas de vivir
o las ganas de ser feliz.