algunas cosas terribles

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Ahora la pena en vez de vivirse en la casa, en el frío y en las ventanas, como siempre, se pasa en la carretera, a 110 por hora, con ganas de llorar aguantadas ante el riesgo de perder visibilidad y chocar y morir. 

Hace 10 minutos que salí de tu casa.

La comida me pesa todavía, pero lo insoportable es toda la tarde que llevo a cuestas. Lo de mujer libre, liberada y libertina se lo creerá cualquiera, incluso yo con unos copetes de más, pero de realidad no tiene nada. Y la libertad comenzó a pesarme. Porque lo sabes.
Porque sabes que yo sé que lo sabes.

Porque nos miramos y después me sirves unos duraznos con crema, nos sentamos en el sillón y vemos cualquier tontera, me abrazas pero no lo soportas mucho tiempo y luego me alejas. Y entonces yo me alejo. 

Así que... así es la cosa.
Y entonces esto se acaba así, de a poco, de a muy poco, en la forma más devastadora posible.


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Delicate

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Iba atrasada.
No solía llegar tarde a nada, pero fue uno de "esos" días. La ropa, el agua tardándose algo más de lo normal en calentarse, las llaves del auto perdidas, la licencia en algún lugar y un par de cosas más. Incluso las entradas se le quedaron: perdió media hora en volver a buscarlas.

Iba sola, como siempre. Matias había querido acompañarla, pero le dijo que aunque él fuese, no compraría un boleto que estuviese remotamente cerca de él. Odiaba ir acompañada a los conciertos. Quizá odiar fuese un poco fuerte, después de todo. Pero se sentía más cómoda sola.

Estuvo casi veinte minutos buscando un estacionamiento. Cuando por fin cruzó las puertas, el concierto ya había partido. Lloró la mayor parte del tiempo. Ni siquiera pudo cantar, más que mal casi todas las canciones de Damien Rice le recordaban a él. Había pasado mucho tiempo, pero también era la primera vez desde que ya no estaban juntos que lo escuchaba.
Tal como lo había predicho hacía muchísimo tiempo una de sus canciones, había encontrado a alguien nuevo y las cosas habían comenzado a ir mejor. Tenía treinta y tantos, debía comenzar a sentar cabeza y Matias parecía un buen tipo como para intentar algo al respecto. Él la quería. Le había dado las llaves de su apartamento hacía un tiempo y allí mismo, accidentalmente, había encontrado un anillo entre sus cosas.
Quizá debiera decir que si. Aunque el sólo pensarlo hacía que se encogiera entera.

Cuando empezó a sonar Delicate supo que no había sido una buena idea ir, después de todo. Sintió una presión en el pecho, le costó respirar. Buscó en su bolso, pero no pudo encontrar su celular para poder llamar a Matias.

Logró llegar a las puertas y salió como pudo. Apoyó sus manos en sus rodillas cuando estuvo al aire libre e intentó recuperar la respiración pero le estaba costando trabajo. Cuánto tiempo había pasado? Años, sólo sabía que habían sido años. Ahora no parecía haber sido lo mejor, pero había sido lo correcto, después de todo. Ninguno de los dos había querido arriesgar demasiado, ni renunciar demasiado. No se arrepentía, pero aún así seguía doliendo.

Logró tranquilizarse. Se incorporó intentando recobrar un poco la compostura. Y lo vio.

-Sabía que estarías aquí-musitó el hombre de pie frente a ella.




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Días de mierda

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Corrió hacia las puertas pero cuando estaba a punto de entrar, se cerraron en su cara.
Típico.
Enrabiada, fue hacia los asientos para descansar un poco sus pies de los tacos que la estaban matando pero cuando estaba llegando, una señora tomó el único que quedaba libre. La miró con ese odio que sólo se puede llegar a tener en el Metro, donde usualmente perdía toda su fe en el ser humano, pero la mujer ni se inmutó.

Suspiró, cansada y se apoyó en la pared del andén.

Pasó la línea verde.
Cinco minutos más.
Llegó la linea roja.

Se arrastró hacia el último vagón en un desesperado intento de poder aguantar el viaje sin comenzar a maldecir a medio mundo o peor, ponerse a llorar como las histéricas, lo que era tan probable a esa hora.

Mientras el tren se acercaba, divisó un asiento libre y los ojos le brillaron de pura esperanza. Pero entonces se abrieron las puertas del metro y vio a Miguel abrazando a la mujer que iba a su lado y no pudo moverse. Se quedó allí, congelada, mientras las señoras pasaban a su lado y la insultaban por estar allí quieta y la golpeaban con sus bolsas y las puertas se cerraban, mientras Miguel, al frente de ella la miraba sorprendido, siendo arrastrado por la mujer a su lado hacia el único asiento libre que quedaba del último vagón.


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agotada.

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Y entonces, como una revelación divina, supo que hacer.
Primero le gritó a la gente del metro.
Después le gritó a los guardias del metro.
Luego gritoneó también al chofer del metro.

Se demoró dos horas y 37 minutos en llegar al trabajo,
pero valió la pena.


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preocupaciones.

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Los sábados en la mañana siempre eran de Carolina.
Sagradamente se levantaba a las nueve sin importar el sueño, iba a la pieza, la despertaba, la llevaba al baño para que se duchara, iba a la cocina, le preparaba el desayuno mientras ella se alistaba y entonces ella bajaba y se tomaban un jugo de naranja con dos tostadas con palta.

Cuando estaban a mas o menos 50 metros del parque entonces Carolina corría hacia los juegos un poco desesperadamente. Era en ese momento en que sentía la culpabilidad de madre ausente, seguida por la racionalización que le indicaba que si no trabajara tanto como lo hacía no podrían llevar la vida que llevaban y ella sería profundamente infeliz, lo que redundaría en los mammy issues a futuro de su hija. Sabía que Carolina probablemente tendría que ir a un sicólogo cuando fuera más grande, la meta era que no tuviese que ir a un psiquiatra.

Entonces, Carolina corría a los juegos, ella pensaba todo lo que pensaba y luego casi sonreía al verla parecer tan libre, sensación que tenía sólo al ver a niños corriendo. Caminaba más pausadamente e iba hacia el banco azul oscuro que se encontraba a la distancia perfecta para no perder de vista a la niña y para no estar tan cerca y cohibirla.

Todos los sábados a las 10.05 minutos se sentaba, abría la cartera, sacaba un cigarro y lo fumaba despacio.

Después, leía un libro, sin disfrutarlo realmente.

Al menos una vez al mes pensaba en lo bonito que era, a pesar de todo, tener un hijo.

Y al menos una vez al día no podía evitar sentir la desesperación de salir corriendo de ese parque, de esa banca, de las 10.05, del jugo de naranja, de las tostadas con palta, de los sábados a las nueve y sobre todo, de Carolina.


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Meow.

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Algunos dicen que son gente extraña.
Yo simplemente pienso que son gatos muy originales.




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escena 4.

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Vicente está dormido.
Se da vuelta y como si fuese algo que se repite desde hace siglos, me envuelve con un brazo y lo escucho soltar un suspiro.

Logro pensar en que es lo más cursi que he vivido.
Pero por primera vez, no lo despierto para que se vaya.


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escena 3.

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Camila me mira desde el frente.
Me carga que me mire con esa cara de saber todo lo que pasa.
De controlar todo lo que pasa.
De tener la certeza de poder predecir todo lo que va a pasar.

Entonces, intento ignorarla.

Entonces, siento sus pies entre mis piernas y la maldigo una vez más.


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escena 2.

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Cristina mete rápidamente las llaves al cerrojo y entra corriendo a la casa.
Sube las escaleras, abre el cajón, saca los cigarros y baja de nuevo corriendo.
Toma el cenicero, toma los fósforos.

Cuando toma la primera bocanada siempre cierra primero los ojos.


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escena 1.

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Amanda sonríe.
Toma la cuchara y saca otro poco del puré frente a ella.
Se lo echa a la boca y traga muy lento, porque sabe que mientras más se demore, menos ganas de llorar va a tener.


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