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Déjenme la pena tranquila,
déjenme llorarla con ganas.

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No-creer otra vez

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El vestido, el maquillaje, el peinado, las llaves, la música, los bebestibles, el hielo, los vasos.

Estaba a punto de salir, pero no pudo avanzar más allá de la puerta.


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dicotomía

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Paz Guerra nunca está tranquila y se pasea siempre de aquí para allá. A veces se arrastra, gatea, se queda tirada en el piso con la mejilla pegada a la alfombra sucia que jamás aspira porque odia el sonido de la aspiradora.


Paz Guerra se siente desafortunada, en medio de algo, a la mitad de dos cosas. Y piensa que simplemente algo anda mal en su vida que siempre funciona bien. Lo huele todos los días, porque su pieza huele a que algo ocurre. Su baño también. Cuando sale al balcón el olor la persigue, incluso a veces mira hacia abajo, pensando en si el olor la seguiría tan lejos. Pero no se atreve. nunca se atreve.


Paz Guerra hoy se sentó en la plaza a tirarle migas a las palomas porque cree que no tener que hacer nada más que tirarle migas a las palomas, debe ser una bendición. Como las canciones con guitarras. Paz Guerra está intentando aprender a tocarla, porque al igual que las margaritas, cree que es un instrumento muy amable.


Paz siempre se viste de blanco, pero sus abrigos son negros. Paz tiene música suave en su vida, pero a veces escucha heavy-metal. Paz ama lo amargo, pero hay días en que sólo come dulces. Paz no encuentra descanso, porque está marcada. Paz quisiera sólo descansar en algo. Pero siempre está de pie. Paz suele pensar que está condenada por su nombre, igual que Romeo. Por eso siempre llora con su historia y por eso piensa que Romeo debería haber querido más a Rosalie, porque Romeo era bueno, y no se merecía tantas calamidades.


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1, 2, 3 madurez.

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solidaridad e irresponsabilidad ha menudo se confunden y yuxtaponen.









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Y Arriba Quemando el Sol

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Su papá era minero, le había costado sacrificio y muchísimos años llegar a donde estaba, en una casa agradable con sillones bonitos donde sentarse. Él creía que la gente debía esforzarse hasta la muerte por conseguir lo que quería. Cuestiones de crianza. Eso era todo lo que sabía y podía decir de él.

Nunca se habían llevado particularmente bien. Era hosco, parco, hostil y malhablado cuando se dignaba a abrir la boca. La mayoría del tiempo no decía ni una palabra y con el tiempo se había acostumbrado, aunque de vez en cuando no podía evitar sentirse triste al mirarlo y le venían ganas de llorar que sólo se le pasaban comiendo bombones de chocolate.

Esa navidad él llegó temprano. No le había alcanzado a comprar un regalo y no sabía que iba a hacer. Sus hermanos ya tenían todo listo, su mamá también. El problema era que desde hace un tiempo se le había ido juntando cierto rencor hacia él. No le gustaba sentirse así, pero no podía hacer algo contra ello, era como si fuese un órgano parte de ella y hubiese ido creciendo a la par. Uno nunca nota los órganos que le crecen hasta que son demasiado grandes y producen enfermedades.

Intentando reducir un poco el rencor, había decidido simplemente hacer notar la falta de regalo. Quizá eso le hiciera bien a ella.

Cuando llegó la hora de repartir regalos todos recibieron algo, menos su papá de parte suyo. Nadie dijo nada, menos aún él. Pero cuando no quedó nada bajo el árbol sintió como la quedaba mirando, para luego pararse e irse al baño.



Nos quedamos todos muy quietos cuando lo escuchamos llorar a través de la pared.


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Mañanas cualquiera.

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Era su primera marcha.

Se levantó temprano, para llegar a la hora. Eran 55 minutos de viaje hasta Plaza Italia y allí tenía que encontrarse con sus compañeros. Se iban a juntar al frente del Telepizza.

Se vistió con unos jeans y se puso zapatillas, para andar más cómoda. Sacó una polera cualquiera y puso lo esencial en su banano: el pase, el carnet, las llaves de la casa, el mp4. Pensó en ir a la cocina a sacar un limón, pero no lo creyó necesario.

Estaba a punto de irse y escuchó a sus hermanos levantarse. Tenían que ir al colegio y eran muy chicos como para participar de alguna cosa. Cuando iba a cerrar la puerta decidió ser precavida y llevar un limón por si acaso.

Fue hacia la cocina y abrió la puerta.

Sintió un escalofrío.

Su mamá la miraba fijamente, colgada desde una viga, justo arriba de la canasta de los limones.


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2006




Cinco años atrás escribía la palabra "bobadas".




I liked it.

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Nos tomamos un vino.
A mi no me gusta mucho, pero me lo tomé igual porque uno no rechaza algo así. Mientras tomaba, bien despacito pa' que pasara más rápido, encendí unos cuantos cigarros. Unos Philip Morris.
No sé qué cosa era peor.

Pero bueno, la cosa es que nos tomamos el vino, el navegado, que al menos era dulcecito. Tenía un gusto a naranja casi rico, casi. Como tomaba tan despacito, no fue hasta que me agaché para buscar la cartera que me di cuenta que todo me daba vueltas. Me incorporé, miré alrededor y parpadeé desorientada. Te miré, me acuerdo.

-Estoy terrible curá.

Y nos reímos, mucho.

Después me sacaste el cigarro de la boca. No pensé que hubiese nada extraño en eso, pero entonces me diste un beso. Te miré pero no pude enfocarte, así que me paré a penas y me fui sin decir nada.


No volvimos a hablar del tema.
Y después ya no seguimos siendo amigas.


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escenas I

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Magdalena cruzó la calle casi corriendo. La luz verde estaba parpadeando y odiaba ser de esas personas que cruza cuando sabe que no debe, pero estaba atrasada.

Hacia ella se acercaba otra persona igual de apurada y tuvo que esquivarla. Se imaginó chocando contra el hombre mientras los papeles que llevaba en la mano, todos apilados, volaban de ella y se desparramaban por la calle. Alcanzó la vereda pensando en lo demasiado que escenificaba su vida, pero cuando llegó a la otra esquina ya se le había olvidado.

Otro verde parpadeante.

Empezó a correr, tacos y todo, hacia la calle. Alguien de pronto tocó una bocina, miró a la derecha y vio la cara del conductor reflejada en la suya: la iban a atropellar.

Sintió el golpe en sus piernas y en el costado. Chocó contra algo duro, rodó sobre algo y de repente, el suelo.

Abrió un poco los ojos y acercó su mano a su cara, había sangre. Además, algo le dolía en lugares indefinidos... quizá la pierna o el pecho o la cadera...

Bajó la mano y miró hacia arriba.
Un montón de papeles blancos caían alrededor suyo.


Escuchó una ambulancia.
No pudo evitar sonreír.


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la escena.

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Sentí como latía mi corazón. Nunca había latido de esa manera, tan urgente.

Entré a la sala. La luz era fuertemente blanca y me cegó un segundo. Alguien me tendió una de esas mantas azules y me sequé las manos. Luego los guantes, luego la mascarilla, luego algo más... un montón de cosas encima.

Me acerqué intentando dar impresión de seguridad. Creo que no logré engañar a nadie, en todo caso. Habían caras escépticas y otras que me miraban alentándome; me sentí como en un show de talentos por un momento. Era todo o nada, después de todo.

La gente dice que cuando uno muere pasa la vida ante tus ojos, pero se equivoca. Jamás me había sentido más viva. Por un momento tuve ganas de llorar pero entonces fue como si todo calzara en su lugar. Habían pasado once años y tres meses para llegar allí.

Levanté mi mano derecha, hacia el lado.

-Bisturí.


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